martes, 21 de enero de 2014

12 de agosto de 2000: Hundimiento del K-141 "Kursk"

Con el fin de la guerra fría y el colapso de la antigua URSS, Rusia se encontró con la imposibilidad de
mantener unas mastodónticas fuerzas armadas en una situación financiera catastrófica. Esto determinó el almacenamiento o retirada de grandes contingentes de armamento en los tres ejércitos, mientras se intentaba mantener operativos los sistemas de armas más fundamentales y modernos de manera que se conservase un poder militar creíble. En el caso de la ex marina soviética, esto supuso que grandes cantidades de buques de superficie y de la joya de la corona, el arma submarina, fuesen remolcados y almacenados a la intemperie en diversas bases a la espera del soplete, acumulando herrumbe, mientras eran canibalizados y desprovistos del material aprovechable. 

Asimismo, buques en construcción o en proyecto fueron cancelados o bien languidecieron en las gradas de los astilleros en una carrera agónica por obtener los recursos para su finalización. Pero hubo proyectos en los que se invirtieron grandes esfuerzos para que rusia pudiese mantener una fuerza submarina moderna y operativa, con el nivel necesario para cumplir con sus funciones, conservando un músculo plausible en el escenario geoestratégico internacional. 

Este fue el caso de los submarinos nucleares de ataque de la clase Oscar II. Hasta 1999, Rusia consiguió completar una serie de 11 de estos buques oceánicos portadores de misiles de crucero. Diseñados en origen para atacar grupos de combate de la OTAN, pero con capacidad de extender sus ataques a instalaciones costeras, el Project 949.A es uno de los submarinos de ataque de mayor tamaño, capaz de golpes demoledores contra las flotas enemigas. 

El Oscar II dispone de 24 misiles de crucero SS-N-19 Granit, que poseen un alcance de 550 km, con una longitud de más de 10 metros, 6,9 toneladas de peso y una cabeza de guerra de 1.000 kg de explosivo, estos monstruos se alojan en dos hileras de 12 tubos de lanzamiento a ambos lados de la vela del submarino, inclinados hacia adelante 40º, y son lanzados en inmersión. Además tiene capacidad para portar tanto torpedos como misiles de crucero de menor alcance en sus 4 tubos lanzatorpedos convencionales. 

Otra característica destacable del Oscar II era su diseño de doble casco de alta resistencia, que estaba ideado para proporcionar una seguridad extra y una gran posibilidad de sobrevivir en teoría hasta a impactos de torpedo. Los Oscar II fueron un desarrollo del Oscar I aumentando su tamaño, intentando incrementar su escasa maniobrabilidad y reducir su firma sonora. En todo caso el Oscar II es capaz de mantener una velocidad en inmersion de 30 nudos, la adecuada para mantener el ritmo de sus teóricas presas. 

Estas eran las características del K-141 Kusk, que sería botado en 1994, incorporándose a la flota del norte e iniciando sus patrullas de combate. En agosto de 2000, el Kursk participó en las maniobras de verano más importantes desde la caída de la Unión Soviética. En los ejercicios participaba una flota de superficie organizada en torno al crucero "Pedro el Grande" y 4 submarinos.

Así, en la mañana del 12 de agosto de 2000, el Kursk se acercaba sigilosamente al grupo de superficie para llevar a cabo el ejercicio previsto, que no era otro que el disparo de dos torpedos de prueba, sin explosivo, contra el buque insignia de la flota.

Fue entonces cuando, según la versión oficial, se desató la tragedia. Una fuga de peróxido de hidrógeno de alta densidad, el gas utilizado como combustible para los torpedos, tuvo lugar en uno de los que estaban siendo preparados para el disparo. Una reacción en cadena con los metales del tubo de lanzamiento provocó una explosión en el compartimento de torpedos, que se propagó hacia los siguientes sectores, que pronto se vieron envueltos en llamas. Se ignora cual fue la secuencia de los acontecimientos, pero lo cierto es que a los dos minutos de la primera explosión se registro una segunda, mucho más fuerte que la anterior, equivalente a unas 7 toneladas de TNT, y que se registró en todos los sismógrafos de la zona. Se supone que fue provocada por el choque del submarino contra el fondo del mar de Barents, a 108 metros de profundidad, lo que junto con las altas temperaturas originadas por el incendio harían explotar más cabezas de torpedo, volando toda la proa del submarino.

La reacción de las autoridades rusas, como en anteriores accidentes registrados con submarinos nucleares, fue muy lenta y marcada por un extremo secretismo. Informaciones llegadas desde el extranjero que hablaban de un posible siniestro llevaron a los familiares a presionar a un gobierno que pasó de negar la tragedia a cerrarse en banda a toda ayuda para intentar un rescate, asumiendo que toda la tripulación había perecido en el accidente. De hecho cuando se admitió que se había perdido el submarino ya habían pasado 16 días y equipos noruegos y británicos ya estaban en la zona. Cuando al fin se dejó vía libre para descender al pecio, se comprobó que se hallaba inundado en su totalidad, lo que descartaba supervivientes.

Pero el horror se desataría tras el rescate del submarino, que se llevó a cabo por una empresa holandesa en octubre de 2001. Se reveló a través de notas escritas en la oscuridad que entre 16 y 23 tripulantes consiguieron refugiarse en la parte trasera del buque. Sin luz, sin comida, agua, ni reservas de oxígeno, se cree que consiguieron sobrevivir seis días hasta que, a medida que el agua helada fue subiendo, se declaró un incendio y murieron asfixiados. Tal vez una operación de rescate llevada a cabo con celeridad hubiese podido salvarlos.

Todo esto según la versión oficial. Dada la enorme literatura que rodea las operaciones del "silent service" como se conoce a la guerra submarina, y el enorme juego del gato y ratón que se ha venido jugando bajo los océanos entre los submarinos nucleares de las potencias occidentales y la antigua URSS, un incidente como el del Kursk era campo abonado para las teorías de la conspiración. De todos es conocido que los ejercicios que las flotas llevan a cabo son oportunidades preciosas para sus posibles adversarios de obtener datos de inteligencia sobre las capacidades y las tácticas empleadas por las marinas rivales. Así, es muy normal que en estas maniobras siempre haya uno o más submarinos extranjeros "escuchando" en las proximidades. En el caso de los ejercicios de verano del 2000, se sospecha que al menos dos submarinos estadounidenses y uno británico se encontraban en la zona. La rapidez con la que el infortunio fue conocido cuando Rusia todavía no había dicho ni una palabra hace sospechar que efectivamente había presencia de la USN o de la Royal Navy en la zona. Estos submarinos serían el USS Toledo, el USS Memphis y el HMS Splendid. Según la teoría más repetida, el Toledo habría intentado acercarse en exceso al Kursk, y en una maniobra errónea lo habría abordado. El Memphis, confundido por los ruidos de la colisión (primera explosión registrada) y sospechando de un ataque del submarino ruso al Toledo, habría lanzado un torpedo Mk 48 que habría alcanzado al Kursk, hundiéndolo (segunda explosión registrada). El agujero en el casco señalado en la anterior imagen sería, según algunos, el punto de impacto de dicho torpedo.

Desde luego es una versión realmente digna de Tom Clancy, y se basa en relatos de familiares de los tripulantes de los submarinos implicados, así como el hecho de que el Memphis entrase en reparaciones en Noruega justo tras el accidente, la rapidez de la reacción británica que hace pensar que más bien quisieran ayudar a alguno de sus submarinos que pudiera haber resultado dañado... Hay otra teoría aún, que habla de una colisión entre el Kursk y el Splendid, que habría conseguido salvarse. También se basa en que al parecer tras el incidente este submarino languideció en una base apartada sin operar hasta su prematura retirada del servicio pese a ser relativamente nuevo.

En todo caso, hay informaciones para todos los gustos, y es poco probable que algún día se llegue a saber si estas teorías albergan algo de verdad. Desde luego,como en todos los incidentes relacionados con los submarinos, seguramente algo se nos escapa, aunque pueda ser mucho más prosaico que teóricas batallas submarinas en tiempo de paz. Lo cierto es que no hubo supervivientes que pudiesen contar lo que sucedió.

Fuentes: wikipedia, Pravda.ru, whatreallyhappened.com

viernes, 3 de enero de 2014

11 de agosto de 1718: Batalla del Cabo Passaro

Nos centramos hoy en el escenario mediterráneo justo durante el periodo que siguió a la Guerra de Sucesión al trono de España. La muerte sin descendencia del último de los monarcas de la dinastía de los Austrias, Carlos II, daría lugar a un conflicto en el que las potencias del momento se posicionarían para sacar el mayor provecho posible, y supuso la desmembración del imperio español. Finalmente el candidato Borbón al trono conseguiría prevalecer y reinar como Felipe V, con el apoyo de su abuelo Luis XIV, aunque también tuvo mucho que ver el hecho de que el otro candiato al trono, el archiduque Carlos de Austria, fuese finalmente llamado a ocupar el trono de Viena. 

En todo caso, el mapa europeo cambió radicalmente, y España perdió la totalidad de sus territorios en Flandes e Italia, además de sufrir muchos otros reveses, entre ellos la pérdida de Menorca y Gibraltar a manos inglesas, ya que éstos apoyaron la causa austracista. La guerra, en todo caso, supuso un completo desastre y el colofón a una época de franca decadencia. 

Reflejo del pésimo estado de la corona española en el momento de la guerra de sucesión es el estado de la armada. Sorprende a cualquiera que se acerque a la realidad naval española a principios del siglo XVIII la extrema debilidad naval de una potencia que sin embargo fiaba su propia existencia al nexo atlántico que le permitía obtener sustanciosos ingresos de las colonias americanas, casi el único sustento de una economía ruinosa. De hecho no existía escuadra como tal, los buques eran escasos y muy desfasados. En una época en que las potencias navales de primer orden, como Inglaterra, Holanda o Francia contaban con numerosos navíos de línea, nuevo concepto que había convertido a los galeones de guerra en obsoletos, España apenas había empezado a decantarse por los nuevos tipos de navío.

De esta forma, Felipe V se encontró con un gigante desarmado y vapuleado. Con muchos esfuerzos, se consiguió mantener el nexo atlántico y crear el embrión de una armada moderna. En ello tendría mucho que ver uno de los protagonistas de la efeméride de hoy, Antonio Gaztañeta, destacado marino y constructor naval que impulsó la evolución en la navegación y en los modelos de construcción naval, con la creación por ejemplo del astillero de Guarnizo. Asimismo se adquirieron navíos a otras potencias mientras las construcciones nacionales no se ponían al día. 

Mientras esto pasaba, el  nuevo monarca centró su política exterior en la recuperación de las posesiones en italia, espoleado por su matrimonio en 1714 con la italiana Isabel Farnesio y por su asesor el cardenal Giulio Alberoni. Esta política expansionista no le trajo demasiadas simpatías, situación que no mejoró por la declaración de Felipe de que reclamaría el trono de Francia en el caso de que el joven Luis XV, que accedió al trono con sólo cinco años por la muerte de Luis XIV, falleciese. Esto origina la firma de la tripe alianza entre Holanda, Inglaterra y Francia.

La situación se precipita con la invasión por parte de España de la isla de Cerdeña, bajo dominio Austriaco, en 1717. Austria se hallaba empeñada en una guerra con los turcos en los balcanes, por lo que no podía implicarse a fondo en el teatro mediterráneo. Así, en 1718, un ejército de 30.000 hombres apoyado por una flota al mando del propio Gaztañeta invadió la isla de Sicilia, sitiando Messina. La triple alianza lanza un ultimatum a España para que abandone la isla, respaldado por la escuadra británica que operaba en el Mediterráneo bajo el mando del almirante Sir George W. Byng., que apareció frente a Messina en fuerza. 

Cuando la escuadra británica fue avistada, Gaztañeta no se alarmó en exceso, ya que no tenía noticias del ultimatum, ni pensaba que la flota inglesa fuese a lanzar un ataque sin una previa declaración formal de guerra. En esto se equivocaba, ya que Byng no lo dudó y lanzó a sus naves directamente contra la flota española, que se hallaba dispersa y dividida en dos grupos principales. La realidad se encargó de mostrar su error a Gaztañeta. No sería la primera ni la última vez que los ingleses lanzaron un ataque en tiempo de paz. Afortunadamente para ellos su historiografía se ha encargado de que su imagen de hidalgos de los mares se mantenga impoluta, ya que en su caso no hay discursos inflamantes hablando del día de la infamia. En todo caso, la historia la cuentan los vencedores, y la importancia de un ataque a traición depende del éxito de la empresa. 

La flota española alineaba un número respetable de navíos de línea, entre ellos uno de 74 cañones, el Real San Felipe, uno de 70, 8 de 60 y 4 de 50. La flota sin embargo no navegaba en línea de batalla, y estaba compuesta por múltiples navíos de tipos menores, incluso bombardas y galeras. Superados en número y potencia de fuego por la escuadra de Byng, que contaba con un navío de tres puentes y noventa cañones, dos de 80, 9 de 70, 7 de 60 y 2 de 50, aparte de otros menores, y contando además los ingleses con ventaja táctica, de posición y atacando por sorpresa sin previa declaración de guerra, el resultado estaba cantado. La flota española fue dispersada y 11 navíos fueron capturados y dos hundidos, tras un intenso combate. 

De esta forma, buena parte del embrión de la futura armada borbónica se perdió prematuramente. Sin embargo gracias al propio Gaztañeta y a los que le seguirían, la armada española experimentaría una progresiva modernización y profesionalización tanto en mandos como en la calidad de sus construcciones navales. De hecho sólo  cincuenta años más tarde de la derrota de cabo Passaro, se botaba el Santísima Trinidad, buque más potente de su época, y los navíos españoles se consideraban entre los mejor construidos y más marineros.

George Byng disfrutó de sus laureles, obtendría una baronía, y posteriormente sería ordenado caballero de la orden de Bath. Sin embargo, en un curioso giro del destino, sería uno de sus quince hijos, John Byng, quien sería derrotado casi en las mismas aguas y perdería la isla de Menorca que su padre había contribuído a ganar menos de cuarenta años antes, sellando con ello su propio destino.

Pero eso, una vez más, es otra historia...

Fuentes: Wikipedia, todoababor, foro todoavante.es

martes, 31 de diciembre de 2013

10 de agosto de 1904: Batalla del Mar Amarillo

Nos ocupamos hoy para concluir el año de un episodio de la guerra ruso-japonesa de 1904, que supondría
el primer enfrentamiento a gran escala entre acorazados de hierro, de los llamados pre-dreadnought. 

La armada imperial rusa contaba con una considerable potencia en el pacífico, pero su flota estaba dividida entre los apostaderos de Vladivostók y de Port Arthur. La flota japonesa, mandada por el que posteriormente sería elevado a la categoría de mito almirante Heihachiro Togo, alineaba un sorprendente número de grandes unidades, muchas de ellas construidas en terceros países dada la escasa capacidad de la incipiente industria naval nipona a principios del siglo XX. No en vano, apenas cincuenta años antes Japón era un país anclado en un aislacionismo feroz y en plena edad media. El fulminante ascenso y desarrollo económico japonés tendría su primera prueba de fuego en el conflicto con Rusia, toda una potencia europea. La victoria japonesa en este conflicto supondría la primera vez que un país asiático prevalecía frente a los hasta entonces todopoderosos países occidentales.

En todo caso, Japón consiguió hacerse con una considerable armada y con unas tripulaciones excelentemente entrenadas. El primer paso tras el inicio de las hostilidades fue el bloqueo por parte japonesa de los dos principales fondeaderos de la escuadra rusa, lo que marcaría el desarrollo del conflicto, conflicto que por cierto empezó con un ataque sin previo aviso con torpedos por parte japonesa a la flota rusa en Port Arthur, algo de lo que hubiesen debido tomar buena nota los estadounidenses...

Por parte rusa, los esfuerzos se centrarían en unir sus escuadras para poder reunir una fuerza equiparable a la nipona para un enfrentamiento directo. Así, se decidió trasladar a la flota del Báltico para equilibrar las fuerzas. El periplo de esta flota que tuvo que dar la vuelta al mundo para alcanzar su destino merecería por si sola una efeméride. 

Pero nos situamos en agosto de 1804, en Port Arthur. El almirante ruso al mando de la primera escuadra del pacífico, Wilgelm Vitgeft, no era favorable a una salida de puerto, algo en lo que disentía del Virrey. Éste último consiguió sumar a su causa al Zar y así el almirante recibió la orden imperial directa de realizar una salida en fuerza con el objetivo de alcanzar Vladivostok. 

La escuadra que se hizo a la mar en el amanecer del 10 de agosto de 1904 estaba compuesta por los acorazados Tsesarevich, Retvizan, Pobeda, Peresvet, Sevastopol y Poltava, los cruceros acorazados Askold, Diana, Novik y Pallada y catorce destructores. Por parte japonesa, Togo izaba su insignia en el acorazado Mikasa, junto con el que participaron en el enfrentamiento los acorazados Asashi, Fuji y Shikishima, los cruceros acorazados Nisshin y Kasuga, ocho cruceros protegidos, dieciocho destructores y treinta lanchas torpederas.

A las doce y media de la mañana ambas flotas se avistaron a la altura de Encounter Rock. Al mismo tiempo se incorporaba desde el sur el almirante japonés Dewa con otros cuatro cruceros, pero la flota rusa maniobró hábilmente y consiguió esquivar el movimiento de pinza nipón. Los buques de Togo sin embargo cerraron distancias y cuando se hallaban a ocho millas se rompió el fuego, siendo esta una distancia inaudita dado que los telémetros sólo tenían un rango de seis millas, pero los proyectiles de la artillería de 305 mm, los más pesados, alcanzaban bastante más lejos. En todo caso el buque insignia ruso Tsesarevich recibió doce impactos, pero el fuego ruso machacó al Mikasa, destruyendo el equipo de radio de Togo y obligándolo a maniobrar para reducir su exposición e incorporar más fuerzas a lo que ya era una persecución. 

El fuego japonés se centró en el buque ruso más atrasado, el acorazado Poltava, que apenas podía mantener el andar del resto de la escuadra, unos catorce nudos, pero éste devolvió el fuego junto con otros buques y castigó duramente de nuevo al Mikasa y al Asashi, que tuvieron que romper el contacto aprovechando su mayor velocidad. Tal y como se desarrollaba la batalla y con el crepúsculo acercándose, parecía que la flota rusa iba a conseguir forzar su salida. Su artillería se estaba empeñando con dureza y precisión, obligando a los cruceros japoneses a mantenerse a distancia y devolviendo contundentes golpes a los acorazados de Togo. La artillería japonesa, sin embargo, tenía ciertos problemas relacionados con la calidad de sus proyectiles, lo que inutilizó parte de su artillería más pesada. Sin embargo una de esas andanadas supuso un golpe de suerte ya que impactó directamente en el puente del Tsesarevich matando instantáneamente al almirante Vitgeft y atascó el timón de la nave induciéndole un viraje de doce grados. El resto de la escuadra siguió al buque insignia sin saber que se hallaba sin gobierno. El oficial al mando del Peresvet  tomó el mando de la escuadra pero un impacto japonés en el mástil de señales obligó a izar éstas en el puente, lo que las hizo poco visibles, lo que indujo el caos al no ser observadas por muchos de los navíos.

En este punto la batalla se hizo caótica, ya que simultáneamente el acorazado ruso Retvizan abandonó la formación y cargó contra la línea japonesa disparando todas sus piezas, pese a que se encontraba dañado y escorado en la zona de popa. Los cruceros acorazados japoneses hicieron varios impactos en el buque ruso, uno de los cuales hirió gravemente a su comandante, quien moriría posteriormente de resultas de las heridas recibidas en el combate. El Retvizan viró tendiendo una cortina de humo y salvando con su maniobra al buque insignia. 

Sin embargo, con la línea rota, muchas unidades con considerables daños, descabezada y bajo el acoso de la flota japonesa, la escuadra rusa viró y regresó a Port Arthur, dispersándose en el regreso. Cinco acorazados, un crucero y nueve destructores volvieron  a base. El Tsesarevich, el Askold, el Diana y el resto de los destructores se dirigieron a otros puertos siendo internados por las autoridades chinas, alemanas y francesas. Sólo el crucero Novik consiguió evadirse hacia el este, dar la vuelta al archipiélago nipón e intentar alcanzar Vladivostók, aunque no llegaría a conseguirlo, resultando dañado en un encuentro con cruceros japoneses, encallando en la isla de Sajalín. 

La batalla había durado seis horas de un furioso cañoneo. Se dispararon más de siete mil proyectiles de todos los calibres. Los marineros y artilleros rusos se mostraron muy capaces, y de hecho dañaron muy gravemente el Mikasa, golpeando contundentemente también al resto de  acorazados. De hecho las bajas japonesas, 330, fueron superiores a las rusas, 226. Sin embargo, desde el punto de vista estratégico los japoneses obtuvieron una victoria al conseguir mantener el bloqueo, lo que los dejaba en buena posición respecto al resto de la campaña naval. Todavía quedaban sin embargo múltiples combates navales de importancia en el conflicto, que duraría hasta 1905.

Pero eso, una vez más, es otra historia...

P.D.: El buque insignia del almirante Togo a lo largo de toda la guerra, el Mikasa, se conserva hoy en día en Yokosuka, siendo el único acorazado pre-dreadnough que se conserva en el mundo.

Fuentes: wikipedia, russojapanesewar.com

lunes, 11 de noviembre de 2013

9 de agosto de 1780. Batalla del cabo de Santa María

Nos detenemos hoy en un suceso acaecido con ocasión de la llamada Guerra de Independencia de los Estados Unidos o Revolución Americana. No es precisamente muy comentado que el punto de inflexión de este conflicto surgido entre Inglaterra y sus colonias de ultramar vino marcado por el reconocimiento internacional a las colonias y la posterior declaración de guerra a los ingleses que las otras potencias del momento, Francia y España, llevaron a cabo. De los esfuerzos de Benjamin Franklin frente a la corte del rey Luis XVI surgió un apoyo financiero y económico que desembocaría en un conflicto abierto que acabaría por asestar el golpe más contundente dado al imperio británico durante el siglo XVIII.

Francia y España tenían viejas cuentas por saldar con Inglaterra. Hacía relativamente poco de la guerra de
los siete años, transcurrida entre 1756 y 1763, en la que Francia e Inglaterra se habían enfrentado precisamente en norteamérica, conflicto que desembocó en la pérdida de toda presencia francesa en Canadá, y en la que surgió la figura de un oficial de milicias de Virginia llamado George Washington. En cuanto a España, estaba vinculada con Francia por los pactos de familia, y hacía también poco de la llamada guerra de la oreja de Jenkins, entre 1739 y 1748, en la que habían intervenido precisamente tropas de las colonias norteamericanas bajo el mando del hermanastro de George Washington, Lawrence. Además España también se vería involucrada en la guerra de los siete años a partir de 1761. Como se ve, todos eran viejos conocidos y este conflicto no era sino una continuación de todos los que se habían dado a lo largo del siglo entre Inglaterra como potencia naval emergente y los reinos de España y Francia, que en esta época aún eran capaces, combinando sus fuerzas, de disputar la supremacía naval con garantías de éxito. 

De modo que en 1778 primero Francia y posteriormente España, en virtud de nuevo de los pactos de familia bajo el reinado de Carlos III, se involucraron de lleno en el conflicto, abriendo frentes en todas partes. Ataques a Gibraltar, a Menorca, a las posesiones inglesas de la india  y del Caribe, así como el envío de flotas en apoyo de los rebeldes de las colonias y el acoso a la navegación inglesa en todos los frentes constituyeron el empuje principal de la ofensiva llevada a cabo por una Royale marine francesa y una armada española que por una vez contaban con buques, mandos y tripulaciones entrenadas y a la altura de las circunstancias. 

De esta forma, en 1779, una escuadra combinada bajo el mando del almirante Louis Guillouet, conde de Orvilliers, y del jefe de escuadra español D. Luis de Cordoba, sembró el pánico en la propia costa inglesa al poner en fuga a la flota del canal, capturando al navío de línea HMS Ardent. No se llegó a desembarcar sin embargo debido a las dudas del francés y a una epidemia que se declaró en la escuadra. Sin embargo la población inglesa quedó impresionada y presionaría para que su armada defendiese de forma más cerrada sus costas, lo cual tendría una consecuencia inesperada. 

Así, el verano de 1780, un enorme convoy de 55 mercantes armados se aprestaba para llevar pertrechos y refuerzos tanto a las posesiones de la India como a la zona de combate en las trece colonias. El plan era que el convoy efectuaría la primera parte de la singladura unido y posteriormente se dividiría en dos. La flota del canal de la Mancha debía darle escolta hasta que alcanzase la seguridad de las rutas oceánicas, pero cumpliendo las órdenes recibidas del almirantazgo, la escuadra de escolta abandonaría al convoy a la altura de Galicia, regresando a patrullar las costas británicas ante la amenaza de la escuadra de Brest. El convoy continuaría bajo la escolta de un navío de línea y dos fragatas, alejando su derrota de las costas portuguesas y españolas para evitar encuentros desagradables. 

Con lo que no contaban los británicos es con que en aquella época el Conde de Floridablanca, Secretario de Estado de Carlos III y hombre fuerte de su gobierno, contaba con un excelente servicio de inteligencia que lo previno de la salida del convoy y de su derrota. La información fue remitida con toda celeridad a la escuadra que en aquellos momentos patrullaba el estrecho de Gibraltar, bajo el mando de nuevo de D. Luis de Córdoba, con 27 navíos de línea españoles y varias fragatas, a la que se acababa de unir una flotilla francesa de nueve navíos de línea y una fragata. De esta forma, esta poderosa escuadra se mantuvo patrullando en la zona del cabo de Santa María a la espera de su presa.

De esta forma, en la madrugada del 8 al 9 de agosto de 1780, a bordo del Santísima Trinidad, buque insignia de la escuadra, se avista un cañonazo lejano a barlovento. Cordoba presume acertadamente que se trata de una de las fragatas que ha mandado en misión de descubierta y vira en dirección a la señal. Cuando amanece, un bosque de velas se percibe, todas ellas con rumbo hacia la escuadra. Esta extraña circunstancia venía dada porque Cordoba mantuvo un fanal encendido sobre sus mástiles toda la noche, y el convoy inglés lo confundió con una señal de su navío de escolta, dirigiéndose a su encuentro y echandose por lo tanto en brazos de su enemigo. Verificada la identidad de unos y otros, el convoy intenta dispersarse mientras Cordoba iza la señal de "caza general". Las rápidas fragatas seguidas por los pesados navíos de línea consiguen en menos de doce horas capturar 52 buques de los 55 que componían el convoy. Sólo escapa la escolta, del navío de línea Ramillies y dos fragatas, que por tener los fondos forrados de cobre consiguen poner distancia con sus perseguidores. Esta ventaja técnica del forro de cobre habría de permitir a los navíos ingleses mantener cierta ventaja sobre sus homólogos francoespañoles, habilitándoles para romper el contacto con los navíos enemigos casi a voluntad,  hasta que esta solución fue aplicada también por estos.

A medida que las presas van llegando a Cádiz, se toma conciencia de las dimensiones de la captura. no sólo los buques y tripulantes, sino también todos los suministros y refuerzos. Las mercancías transportadas se valoran en 600.000 libras de la época, se capturan 80.000 mosquetes, equipo necesario para vestir y abastecer a doce regimientos de infantería, y más de 3.000 prisioneros, entre ellos 1.400 infantes y oficiales destinados a ultramar. Además, se capturan fondos por más de 1.000.000 de libras que transportaban los buques. Es la pérdida más sensible soportada por los ingleses hasta el siglo XX. Los navíos capturados suman 37 fragatas, 9 bergantines y 9 paquebotes, con un total de 294 cañones. Tres de las fragatas pasarán a servir como fragatas de guerra con la Armada Española, bajo los nombres de Colón, Santa Balbina y Santa Paula.

Así se cerró tal episodio, que pese a que efectivamente no se produjo combate de entidad, pasó a ser conocido como la Batalla del Cabo de Santa María. Tal circunstancia se presta a confusión, ya que posteriormente otro combate pasaría a ser conocido con el mismo nombre. Pero eso, una vez más, es otra historia...




Fuentes: Wikipedia, todoababorDescripción del apresamiento del gran convoy inglés en 1780 por la escuadra combinada de España y Francia al mando del general don Luis de Córdoba. La revista militar: periódico de arte, ciencia y literatura militar, Volumen 8, 1851

Imagen: "El Santísima Trinidad navegando con una escuadra española" Pintura de Carlos Parrilla Penagos, publicada en todoababor. 

miércoles, 30 de octubre de 2013

8 de agosto de 1588: Batalla de Gravelinas

Marca la efeméride de hoy el punto álgido de la campaña naval de Felipe II contra Inglaterra que llegaría a ser conocida como "La Armada Invencible", pese a que nunca se la nombró así en las crónicas de los Austrias ni fue conocida por tal nombre, sino como "La Felicísima Armada". 

Se han vertido ríos de tinta sobre estos hechos y sus causas. Lo cierto es que lo vasto del imperio de los Austrias lo convierte en la potencia del momento a lo largo del siglo XVI, y también en el enemigo a batir. En cuanto a Inglaterra, su reforzado poder real empieza a concentrarse ya con Enrique VIII en formar una poderosa armada, beneficiándose de una guerra de corso y disimulada contra las comunicaciones transoceánicas del Imperio español. A la rivalidad económica y la lucha por la preponderancia en Europa se le suma, como no, el problema religioso ante una corona como la hispánica que se erige en protectora de la ortodoxia de la iglesia católica frente a las corrientes reformistas que se declaran en centroeuropa, con el protestantismo, y en Inglaterra, con la iglesia anglicana, desembocando en un cisma y un antagonismo que durará siglos. La situación se enquista aún más bajo el reinado de Isabel I, y los acontecimientos derivarán en una guerra abierta.
Sin embargo entre el germen de la idea y su ejecución pasan varios años, debido a los múltiples compromisos bélicos en otros frentes a los que debe hacer frente Felipe II, y a sus propias dudas. A esto se suma el ataque preventivo a Cádiz y la costa portuguesa que efectúa Francis Drake en 1587, y cuyo principal objetivo es destruir los buques en construcción y los bastimentos que ya se estaban preparando para la empresa, Éste, Francis Drake, John Hawkins, Martin Frobisher y sobre todo el Lord Almirante de Inglaterra, Charles Howard, Conde de Nottingham serán los principales mandos ingleses que se enfrentarán a la Armada . Los principales estrategas por parte Imperial son D. Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, marino experimentadísimo que apostaba por una empresa que implicase un asalto directo de la flota desde la península ibérica, y D. Alejandro Farnesio, Gobernador y Capitán General de los Países Bajos, que abogaba por un asalto sorpresa mediante un cruce nocturno del canal con buques de poco calado. 

Finalmente se optó por una decisión intermedia, que intentaba aprovechar el potencial de las tropas de tierra de Farnesio, un ejército muy experimentado y superior en teoría a lo que pudieran poner frente a él los ingleses una vez desembarcado. Para ello una heterogénea y enorme fuerza naval para la época zarparía de la península, recogería a las tropas de Farnesio en Flandes y cruzaría el Canal para desembarcarlas en la isla. Por lo tanto el objetivo de la empresa desde el punto de vista naval no fue tanto batir a la flota enemiga sino completar la singladura y efectuar el cruce. El plan exigía un alto nivel de coordinación, y a sus dificultades naturales se sumaba la heterogénea fuerza naval, ya que en la época no se había estandarizado un navío de guerra unificado, sino que las flotas se componían de buques muy diversos, muchos de ellos mercantes armados, que sumaban  sus fuerzas a navíos más orientados a misiones de combate. Además la flota reflejaba la disparidad de escenarios en los que debía desempeñarse el imperio de los Austrias, ya que a los galeones de guerra y naves de alto bordo que predominaban en el escenario atlántico se sumaron  también galeazas, pataches y buques diseñados para operar en el mediterráneo, y consecuentemente poco preparados para los temporales del mar del norte. Así, finalmente se apresta la flota en 1588 en el puerto de Lisboa para  iniciar la empresa.

Es en ese momento cuando la empresa ya sufre su primera pérdida sensible incluso antes de partir. El marqués de Santa Cruz, Don Álvaro de Bazán, fallece privando a la armada del mando más cualificado desde el punto naval que disponía Felipe II. Se hará cargo de la expedición D. Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, Duque de Medina Sidonia, quien cargaría con la responsabilidad del desempeño de una misión terriblemente dificultosa, y a quien la historia ha tratado de manera en cierta forma injusta.

Finalmente se aprestan 130 buques mayores, entre ellos 65 galeones de guerra. Una fuerza sin duda impresionante y bien artillada, aunque su desempeño en combate se vería comprometido por simultanear el transporte de munición, tropas y material para la expedición de Farnesio. Una intervención destacada era el contingente que aportaba el Reino de Portugal, que por aquel entonces formaba parte del imperio de Felipe II y contaba con un buen número de buques y marinos curtidos en la navegación atlántica. En total más de treinta mil hombres tripulan la Armada, cuando parte de Lisboa a finales de mayo. No tarda en encontrar problemas con vientos contrarios y mal tiempo, aparte de problemas con el suministro de agua. De este modo entra el La Coruña el 19 de julio, se reconcentra y parte el 22 de ese mes hacia el Canal de la Mancha. A finales de mes, frente a la costa Sur de Inglaterra a la que debe acercarse buscando vientos favorables, la Armada es avistada por los ingleses, frente al puerto de Plymouth. La flota inglesa se concentraba en el puerto, y se hubiese visto en un aprieto si Medina Sidonia hubiese atacado, ya que contaba con el viento a favor y espacio para maniobrar frente a un enemigo confinado. Sin embargo el Duque se ciñó al plan poniendo proa al canal para cumplir el objetivo principal, embarcar a las tropas en la costa de Zeelandia, en los Países Bajos.  El primer contacto tendrá lugar el 31 de julio, de forma tímida aunque la Armada perderá dos galeones, uno en un abordaje y otro al estallar su santabárbara de forma accidental.

Sin noticias de Farnesio y en constante combate, la flota fondea en Calais. Allí es donde, en la noche del 7 al 8 de agosto de 1588, los ingleses bajo el mando de John Hawkins lanzarán ocho brulotes en llamas hacia la flota. Muchos navíos se ven obligados a picar los cables de sus anclas y el amanecer sorprende a la flota dispersa, con algunos buques aún anclados y otros derivando peligrosamente hacia la costa llena de bancos de arena. Aprovechando esta circunstancia, dado que hasta entonces los de Medina Sidonia habían mantendio una eficaz formación defensiva, Los ingleses lanzan un ataque en profundidad y comienza la que recibiría el nombre de Batalla de Gravelinas. Los combates se sucedieron, y el mayor alcance y capacidad de maniobra de los buques británicos iba a toparse con la robustez y tenacidad en la defensa mostrada por los navíos imperiales. El galeón de Medina Sidonia, al principio casi solo y después reuniendo a su alrededor unas 40 naves, aguanta el empuje de más de un centenar de navíos ingleses mientras el resto deriva hacia la costa. Sin resultados definitivos en el combate y gracias a que el viento roló inesperadamente, el día se cierra con la pérdida de sólo un galeón hundido en combate y otro perdido sobre los bajos de la costa.

Sin embargo la Batalla de Gravelinas marca el enfrentamiento más violento de la campaña. Pese a no haber derrotado a la flota enemiga, los ingleses han conseguido su objetivo. La armada deriva hacia el norte arrastrada por los vientos y corrientes, falta de municiones, víveres y con un enorme número de buques dañados por el combate. No podrá encontrarse con Farnesio.

La única ruta practicable con el régimen de vientos y corrientes imperante es dirigirse al norte, pasar alrededor de Escocia e irlanda y bajar atravesando el Golfo de Vizcaya. En este periplo es donde la Armada recibirá los mayores daños. Un buen número de  buques no aguantará la travesía y naufragará en costas irlandesas. La flota irá arribando a diferentes puertos del norte peninsular. Medina Sidonia desembarcará en Santander gravemente enfermo el 30 de septiembre.

Pese a la leyenda, la derrota de la Armada no fue ni mucho menos definitiva. Los últimos datos apuntan a que no se perdieron más de 35 buques por todas las causas, y muy pocos de los robustos galeones. Muchos otros quedaron gravemente dañados, pero Felipe II siguió teniendo capacidad para defender de forma eficaz tanto sus costas como el nexo transatlántico con las colonias tan importante para su Imperio. 10.000 hombres dejarían sus vidas en la empresa. Aún habría sin embargo otros dos intentos de repetirla.

Los ingleses por su parte pagaron un oneroso tributo por su victoria. Una epidemia de tifus, los combates y los naufragios en el marco de la campaña provocarían aproximadamente el mismo número de bajas que en el adversario.

Al año siguiente, Francis Drake se pondría al mando de la llamada "contraarmada" dirigiendo un ataque dirigido a saquear las costas portuguesas, y en especial Lisboa, atacando asimismo las concentraciones de buques enemigos en puerto para rematar el trabajo. Esta expedición llevaría a Drake a atacar La Coruña y de la misma no le quedaría muy buen recuerdo al antiguo corsario inglés, pero eso, una vez más, es otra historia...

Fuentes: wikipedia, todoababor