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jueves, 5 de marzo de 2015

16 de agosto de 1747: "Gesta del Glorioso"

Hay ocasiones en que una efeméride en particular abarca varias fechas, y en esos casos al que suscribe le
resulta complicado decidirse por una de ellas. Puede suceder así con un hecho o navegación en el cual se podría considerar como fecha relevante la partida, la arribada o algún hecho destacable entre ambas. En todo caso. Es lo que sucede con el acontecimiento que tratamos hoy, que no es otro que la llamada "gesta del Glorioso"

Esta historia tiene una gran vis atractiva para todos los aficionados a la historia naval española, que cuenta con muchos casos similares en los que la capacidad de resistencia de un navío, sus mandos y su tripulación se ven puestas a prueba ante el acoso de fuerzas muy superiores. Ahora mismo se me vienen a la cabeza combates a ultranza sostenidos por navíos de línea como el Princesa o el Montañés, pero hay muchos otros. En unos casos, tal defensa desesperada del pabellón fue coronada por el éxito; en otros casos sólo pudo testimoniar un ejemplo más de valor más allá de la obediencia debida y del cumplimiento del deber.

Pero vamos allá con este episodio, que ha sido objeto de múltiples análisis y publicaciones. Nos sitúa la efeméride de hoy en el marco de la llamada guerra del asiento, librada entre 1739 y 1748 entre España e Inglaterra, también conocida como la "Guerra de la oreja de Jenkins", y que se prolongaría como un episodio más del conflicto más amplio de la guerra de sucesión austriaca. Este conflicto demostró la capacidad de resistencia y los nuevos bríos que la armada española había cobrado tras su período más bajo en siglos, que coincidió con la guerra de sucesión española tan solo 40 años antes. El quebranto que tal conflicto supuso para la corona española impuso además condiciones muy gravosas que llevaron al inicio de nuevas hostilidades que tuvieron como escenarios principales el Caribe y las posesiones de ultramar, y en el marco de las cuales, si bien los ingleses obtuvieron varios éxitos, se toparon con unas fuerzas armadas y una marina mucho mejor equipadas y con mandos competentes que les opuso una feroz resistencia en todos los frentes y que les propinó sonoras derrotas como la de Cartagena de Indias.

Pues bien, en este contexto nos encontramos con el navío de línea Glorioso, de 70 cañones, que en Julio de 1747 transportaba un gran cargamento de pesos de plata, en número de cuatro millones, bocado realmente apetecible para las diversas escuadras inglesas que patrullaban el atlántico. Al mando de la nave se encontraba el capitán D. Pedro Mesía de la Cerda.

El buque se hallaba en medio de una encalmada a la altura de las Azores cuando se divisó un convoy mercante inglés. La escolta del mismo la componían el navío de línea HMS Warwick, de 60 cañones, la fragata de 40 HMS Lark y un bergantín, bajo el mando del capitán del Warwick, John Crookshanks. Los ingleses avistaron un navío solitario y dedujeron correctamente que podía tratarse de una presa de importancia transportando caudales, e iniciaron la persecución. De la Cerda aprestó a la tripulación para el combate pero intentando en la medida de lo posible mantener el barlovento y zafarse, dado que su principal misión era el transporte de la plata sin asumir riesgos. En todo caso no tardaría en romperse el fuego al ser alcanzado por el bergantín inglés, que intentó cañonearlo por la popa y provocarle averías en el aparejo que permitiesen que fuese alcanzado por los otros dos buques. En el navío español se trasladaron varias piezas a popa y se mantuvo un intercambio de disparos hasta que la fragata y el navío ingleses estuvieron ya próximos y por lo tanto un combate en toda regla resultó inevitable. El bergantín fue despachado a escoltar al convoy y la Lark tomó el relevo en el acoso al Glorioso. Pero esta vez el navío orzó presentando su costado y descerrajando una andanada a la fragata que recibió daños muy considerables en aparejo y casco. Esto permitió sin embargo aproximarse al Warwick, y a las 02:00 de la mañana de 16 de julio los dos navíos iniciaron un feroz cañoneo. Tras una hora y media, el fuego español había rendido el palo mayor del navío británico, y éste intentó destrabarse, momento que aprovechó D. Pedro Mesía para abandonar el combate, dada la posibilidad de que apareciesen refuerzos y el hecho de que también había recibido daños. 

El Glorioso fue parcheando sus daños hasta que a la altura del cabo Finisterre avistó de nuevo otras tres velas enemigas. Se trataba del navío de línea de 50 cañones HMS Oxford, junto con la fragata de 24 HMS Shoreham y el bergantín Falcon, de 20. De nuevo los ingleses atacaron y de nuevo el Glorioso consiguió  rechazar todos los ataques provocando graves daños a los buques británicos. De esta forma, el 16 de agosto de 1747, con aparejo y casco dañados pero su cargamento intacto, el Glorioso recalaba en la villa de Corcubión, donde procedió a descargar y a efectuar reparaciones de emergencia, si bien se encontraba corto de munición y los daños más considerables sólo podrían ser reparados en un arsenal como Ferrol o Cádiz. Sin embargo la misión principal del buque estaba cumplida. 

De la Cerda opta entonces por, una vez efectuadas las reparaciones, zarpar en demanda de Ferrol. Sin embargo vientos contrarios y mal tiempo le provocan daños en la arboladura y debe dirigirse en su lugar a Cádiz. Intenta alejarse en lo posible de las costas portuguesas pero eso no impide que el 17 de octubre, a la altura del cabo San Vicente, se avisten 10 velas enemigas. Los primeros buques en trabar contacto son los correspondientes a la escuadra corsaria al mando del comodoro George Walker, compuesta por 4 fragatas conocidas como la "Royal family" por sus nombres (King George, Prince Frederick, Princess Amelia y Duke). A más distancia intentan alcanzar al Glorioso los navíos de línea HMS Dartmouth (50 cañones) y el HMS Russell, de 80 cañones y tres puentes, correspondientes a la escuadra de John Byng

Una vez más los ingleses atacan con las fragatas esperando la llegada de los buques de mayor porte. Esto hace que la King George reciba las atenciones del Glorioso y quede desarbolada y a la deriva. La Prince Frederick y la Duke toman el relevo pero a las 22:00 horas, aunque el buque español lleva en combate desde las 08:00, deben tomar distancias de nuevo rechazadas por el fuego de un cada vez más baqueteado buque que insiste en tomar derrota a Cádiz.

Amanece el 18 de octubre, y los dos navíos de línea ya se han incorporado a la caza. Se traba nuevo
combate entre éstos acompañados de dos de las fragatas y el Glorioso. Sin embargo, tras varias andanadas el HMS Dartmouth es alcanzado en la santabárbara y estalla. Su capitán y más de 300 hombres se van al fondo con él. Esto da un respiro al buque español que ya está prácticamente desarbolado, con graves daños en el casco y muy escaso de munición. Persevera en su ruta pero a las 12 de la noche de nuevo es obligado a trabar combate con el Russell y dos fragatas. Aún así soporta y devuelve el fuego durante toda la noche hasta que, a las seis de la mañana del día siguiente, al quedarse sin municiones y con el buque prácticamente hundiéndose, con 33 muertos y 130 heridos a bordo, D. Pedro Mesía ordena arriar bandera. Los ingleses han capturado el Glorioso, pero les ha costado un navío de línea, graves daños en otros tres y en cuatro fragatas. Han perdido en la acción nada menos que 433 muertos y 352 heridos, y para mayor consternación, se encuentran que el navío ya había desembarcado su carga. 

El Glorioso es tomado a remolque y alcanza Lisboa, sólo para comprobar que los atroces daños sufridos en combate lo imposibilitan más allá de cualquier reparación, con lo cual será desguazado. Magro botín para tantas pérdidas y tantos esfuerzos. 

Dos de los comandantes que se enfrentaron al Glorioso fueron objeto de un consejo de guerra por su deficiente desempeño en el combate, siendo uno de ellos expulsado de la armada. Otro de ellos, como vimos, moriría en el combate. 

D Pedro Mesía de la Cerda y su tripulación fueron objeto de múltiples atenciones en honor a su valor. D. Pedro sería tras su liberación ascendido a jefe de escuadra y llegaría a  Teniente General y Virrey, falleciendo en 1783.

En 1755 sería botado en Ferrol otro navío con el nombre de Glorioso

Otros buques compartirían con el Glorioso el dudoso honor de ser desmantelados en combate en circunstancias desfavorables, oponiendo una resistencia más allá de toda lógica. Pero eso, una vez más, será otra historia...

Fuentes: Wikipedia, Singladuras por la historia naval (singladuras.jimdo.com), todoababor.es

P.D.: Este episodio ha sido recientemente retratado de forma magistral por el conocido pintor, del que nos declaramos seguidores incondicionales, Augusto Ferrer Dalmau, con su cuadro "El último combate del Glorioso" Recientemente también ha completado el primer cuadro que se muestra en la entrada, que refleja el segundo combate del navío a la altura de Finisterre.

viernes, 3 de enero de 2014

11 de agosto de 1718: Batalla del Cabo Passaro

Nos centramos hoy en el escenario mediterráneo justo durante el periodo que siguió a la Guerra de Sucesión al trono de España. La muerte sin descendencia del último de los monarcas de la dinastía de los Austrias, Carlos II, daría lugar a un conflicto en el que las potencias del momento se posicionarían para sacar el mayor provecho posible, y supuso la desmembración del imperio español. Finalmente el candidato Borbón al trono conseguiría prevalecer y reinar como Felipe V, con el apoyo de su abuelo Luis XIV, aunque también tuvo mucho que ver el hecho de que el otro candiato al trono, el archiduque Carlos de Austria, fuese finalmente llamado a ocupar el trono de Viena. 

En todo caso, el mapa europeo cambió radicalmente, y España perdió la totalidad de sus territorios en Flandes e Italia, además de sufrir muchos otros reveses, entre ellos la pérdida de Menorca y Gibraltar a manos inglesas, ya que éstos apoyaron la causa austracista. La guerra, en todo caso, supuso un completo desastre y el colofón a una época de franca decadencia. 

Reflejo del pésimo estado de la corona española en el momento de la guerra de sucesión es el estado de la armada. Sorprende a cualquiera que se acerque a la realidad naval española a principios del siglo XVIII la extrema debilidad naval de una potencia que sin embargo fiaba su propia existencia al nexo atlántico que le permitía obtener sustanciosos ingresos de las colonias americanas, casi el único sustento de una economía ruinosa. De hecho no existía escuadra como tal, los buques eran escasos y muy desfasados. En una época en que las potencias navales de primer orden, como Inglaterra, Holanda o Francia contaban con numerosos navíos de línea, nuevo concepto que había convertido a los galeones de guerra en obsoletos, España apenas había empezado a decantarse por los nuevos tipos de navío.

De esta forma, Felipe V se encontró con un gigante desarmado y vapuleado. Con muchos esfuerzos, se consiguió mantener el nexo atlántico y crear el embrión de una armada moderna. En ello tendría mucho que ver uno de los protagonistas de la efeméride de hoy, Antonio Gaztañeta, destacado marino y constructor naval que impulsó la evolución en la navegación y en los modelos de construcción naval, con la creación por ejemplo del astillero de Guarnizo. Asimismo se adquirieron navíos a otras potencias mientras las construcciones nacionales no se ponían al día. 

Mientras esto pasaba, el  nuevo monarca centró su política exterior en la recuperación de las posesiones en italia, espoleado por su matrimonio en 1714 con la italiana Isabel Farnesio y por su asesor el cardenal Giulio Alberoni. Esta política expansionista no le trajo demasiadas simpatías, situación que no mejoró por la declaración de Felipe de que reclamaría el trono de Francia en el caso de que el joven Luis XV, que accedió al trono con sólo cinco años por la muerte de Luis XIV, falleciese. Esto origina la firma de la tripe alianza entre Holanda, Inglaterra y Francia.

La situación se precipita con la invasión por parte de España de la isla de Cerdeña, bajo dominio Austriaco, en 1717. Austria se hallaba empeñada en una guerra con los turcos en los balcanes, por lo que no podía implicarse a fondo en el teatro mediterráneo. Así, en 1718, un ejército de 30.000 hombres apoyado por una flota al mando del propio Gaztañeta invadió la isla de Sicilia, sitiando Messina. La triple alianza lanza un ultimatum a España para que abandone la isla, respaldado por la escuadra británica que operaba en el Mediterráneo bajo el mando del almirante Sir George W. Byng., que apareció frente a Messina en fuerza. 

Cuando la escuadra británica fue avistada, Gaztañeta no se alarmó en exceso, ya que no tenía noticias del ultimatum, ni pensaba que la flota inglesa fuese a lanzar un ataque sin una previa declaración formal de guerra. En esto se equivocaba, ya que Byng no lo dudó y lanzó a sus naves directamente contra la flota española, que se hallaba dispersa y dividida en dos grupos principales. La realidad se encargó de mostrar su error a Gaztañeta. No sería la primera ni la última vez que los ingleses lanzaron un ataque en tiempo de paz. Afortunadamente para ellos su historiografía se ha encargado de que su imagen de hidalgos de los mares se mantenga impoluta, ya que en su caso no hay discursos inflamantes hablando del día de la infamia. En todo caso, la historia la cuentan los vencedores, y la importancia de un ataque a traición depende del éxito de la empresa. 

La flota española alineaba un número respetable de navíos de línea, entre ellos uno de 74 cañones, el Real San Felipe, uno de 70, 8 de 60 y 4 de 50. La flota sin embargo no navegaba en línea de batalla, y estaba compuesta por múltiples navíos de tipos menores, incluso bombardas y galeras. Superados en número y potencia de fuego por la escuadra de Byng, que contaba con un navío de tres puentes y noventa cañones, dos de 80, 9 de 70, 7 de 60 y 2 de 50, aparte de otros menores, y contando además los ingleses con ventaja táctica, de posición y atacando por sorpresa sin previa declaración de guerra, el resultado estaba cantado. La flota española fue dispersada y 11 navíos fueron capturados y dos hundidos, tras un intenso combate. 

De esta forma, buena parte del embrión de la futura armada borbónica se perdió prematuramente. Sin embargo gracias al propio Gaztañeta y a los que le seguirían, la armada española experimentaría una progresiva modernización y profesionalización tanto en mandos como en la calidad de sus construcciones navales. De hecho sólo  cincuenta años más tarde de la derrota de cabo Passaro, se botaba el Santísima Trinidad, buque más potente de su época, y los navíos españoles se consideraban entre los mejor construidos y más marineros.

George Byng disfrutó de sus laureles, obtendría una baronía, y posteriormente sería ordenado caballero de la orden de Bath. Sin embargo, en un curioso giro del destino, sería uno de sus quince hijos, John Byng, quien sería derrotado casi en las mismas aguas y perdería la isla de Menorca que su padre había contribuído a ganar menos de cuarenta años antes, sellando con ello su propio destino.

Pero eso, una vez más, es otra historia...

Fuentes: Wikipedia, todoababor, foro todoavante.es

lunes, 11 de noviembre de 2013

9 de agosto de 1780. Batalla del cabo de Santa María

Nos detenemos hoy en un suceso acaecido con ocasión de la llamada Guerra de Independencia de los Estados Unidos o Revolución Americana. No es precisamente muy comentado que el punto de inflexión de este conflicto surgido entre Inglaterra y sus colonias de ultramar vino marcado por el reconocimiento internacional a las colonias y la posterior declaración de guerra a los ingleses que las otras potencias del momento, Francia y España, llevaron a cabo. De los esfuerzos de Benjamin Franklin frente a la corte del rey Luis XVI surgió un apoyo financiero y económico que desembocaría en un conflicto abierto que acabaría por asestar el golpe más contundente dado al imperio británico durante el siglo XVIII.

Francia y España tenían viejas cuentas por saldar con Inglaterra. Hacía relativamente poco de la guerra de
los siete años, transcurrida entre 1756 y 1763, en la que Francia e Inglaterra se habían enfrentado precisamente en norteamérica, conflicto que desembocó en la pérdida de toda presencia francesa en Canadá, y en la que surgió la figura de un oficial de milicias de Virginia llamado George Washington. En cuanto a España, estaba vinculada con Francia por los pactos de familia, y hacía también poco de la llamada guerra de la oreja de Jenkins, entre 1739 y 1748, en la que habían intervenido precisamente tropas de las colonias norteamericanas bajo el mando del hermanastro de George Washington, Lawrence. Además España también se vería involucrada en la guerra de los siete años a partir de 1761. Como se ve, todos eran viejos conocidos y este conflicto no era sino una continuación de todos los que se habían dado a lo largo del siglo entre Inglaterra como potencia naval emergente y los reinos de España y Francia, que en esta época aún eran capaces, combinando sus fuerzas, de disputar la supremacía naval con garantías de éxito. 

De modo que en 1778 primero Francia y posteriormente España, en virtud de nuevo de los pactos de familia bajo el reinado de Carlos III, se involucraron de lleno en el conflicto, abriendo frentes en todas partes. Ataques a Gibraltar, a Menorca, a las posesiones inglesas de la india  y del Caribe, así como el envío de flotas en apoyo de los rebeldes de las colonias y el acoso a la navegación inglesa en todos los frentes constituyeron el empuje principal de la ofensiva llevada a cabo por una Royale marine francesa y una armada española que por una vez contaban con buques, mandos y tripulaciones entrenadas y a la altura de las circunstancias. 

De esta forma, en 1779, una escuadra combinada bajo el mando del almirante Louis Guillouet, conde de Orvilliers, y del jefe de escuadra español D. Luis de Cordoba, sembró el pánico en la propia costa inglesa al poner en fuga a la flota del canal, capturando al navío de línea HMS Ardent. No se llegó a desembarcar sin embargo debido a las dudas del francés y a una epidemia que se declaró en la escuadra. Sin embargo la población inglesa quedó impresionada y presionaría para que su armada defendiese de forma más cerrada sus costas, lo cual tendría una consecuencia inesperada. 

Así, el verano de 1780, un enorme convoy de 55 mercantes armados se aprestaba para llevar pertrechos y refuerzos tanto a las posesiones de la India como a la zona de combate en las trece colonias. El plan era que el convoy efectuaría la primera parte de la singladura unido y posteriormente se dividiría en dos. La flota del canal de la Mancha debía darle escolta hasta que alcanzase la seguridad de las rutas oceánicas, pero cumpliendo las órdenes recibidas del almirantazgo, la escuadra de escolta abandonaría al convoy a la altura de Galicia, regresando a patrullar las costas británicas ante la amenaza de la escuadra de Brest. El convoy continuaría bajo la escolta de un navío de línea y dos fragatas, alejando su derrota de las costas portuguesas y españolas para evitar encuentros desagradables. 

Con lo que no contaban los británicos es con que en aquella época el Conde de Floridablanca, Secretario de Estado de Carlos III y hombre fuerte de su gobierno, contaba con un excelente servicio de inteligencia que lo previno de la salida del convoy y de su derrota. La información fue remitida con toda celeridad a la escuadra que en aquellos momentos patrullaba el estrecho de Gibraltar, bajo el mando de nuevo de D. Luis de Córdoba, con 27 navíos de línea españoles y varias fragatas, a la que se acababa de unir una flotilla francesa de nueve navíos de línea y una fragata. De esta forma, esta poderosa escuadra se mantuvo patrullando en la zona del cabo de Santa María a la espera de su presa.

De esta forma, en la madrugada del 8 al 9 de agosto de 1780, a bordo del Santísima Trinidad, buque insignia de la escuadra, se avista un cañonazo lejano a barlovento. Cordoba presume acertadamente que se trata de una de las fragatas que ha mandado en misión de descubierta y vira en dirección a la señal. Cuando amanece, un bosque de velas se percibe, todas ellas con rumbo hacia la escuadra. Esta extraña circunstancia venía dada porque Cordoba mantuvo un fanal encendido sobre sus mástiles toda la noche, y el convoy inglés lo confundió con una señal de su navío de escolta, dirigiéndose a su encuentro y echandose por lo tanto en brazos de su enemigo. Verificada la identidad de unos y otros, el convoy intenta dispersarse mientras Cordoba iza la señal de "caza general". Las rápidas fragatas seguidas por los pesados navíos de línea consiguen en menos de doce horas capturar 52 buques de los 55 que componían el convoy. Sólo escapa la escolta, del navío de línea Ramillies y dos fragatas, que por tener los fondos forrados de cobre consiguen poner distancia con sus perseguidores. Esta ventaja técnica del forro de cobre habría de permitir a los navíos ingleses mantener cierta ventaja sobre sus homólogos francoespañoles, habilitándoles para romper el contacto con los navíos enemigos casi a voluntad,  hasta que esta solución fue aplicada también por estos.

A medida que las presas van llegando a Cádiz, se toma conciencia de las dimensiones de la captura. no sólo los buques y tripulantes, sino también todos los suministros y refuerzos. Las mercancías transportadas se valoran en 600.000 libras de la época, se capturan 80.000 mosquetes, equipo necesario para vestir y abastecer a doce regimientos de infantería, y más de 3.000 prisioneros, entre ellos 1.400 infantes y oficiales destinados a ultramar. Además, se capturan fondos por más de 1.000.000 de libras que transportaban los buques. Es la pérdida más sensible soportada por los ingleses hasta el siglo XX. Los navíos capturados suman 37 fragatas, 9 bergantines y 9 paquebotes, con un total de 294 cañones. Tres de las fragatas pasarán a servir como fragatas de guerra con la Armada Española, bajo los nombres de Colón, Santa Balbina y Santa Paula.

Así se cerró tal episodio, que pese a que efectivamente no se produjo combate de entidad, pasó a ser conocido como la Batalla del Cabo de Santa María. Tal circunstancia se presta a confusión, ya que posteriormente otro combate pasaría a ser conocido con el mismo nombre. Pero eso, una vez más, es otra historia...




Fuentes: Wikipedia, todoababorDescripción del apresamiento del gran convoy inglés en 1780 por la escuadra combinada de España y Francia al mando del general don Luis de Córdoba. La revista militar: periódico de arte, ciencia y literatura militar, Volumen 8, 1851

Imagen: "El Santísima Trinidad navegando con una escuadra española" Pintura de Carlos Parrilla Penagos, publicada en todoababor. 

miércoles, 9 de mayo de 2012

4 de agosto de 1704: Fuerzas angloholandesas toman Gibraltar



El 1 de noviembre de 1700 Carlos II, último rey de la dinastía de los Austrias, muere sin descendencia. El conflicto sucesorio que se abre a continuación desemboca en la llamada Guerra de Sucesión a la Corona española. En la misma se vieron involucradas todas las potencias europeas de la época, que tomaron partido por uno u otro de los pretendientes en lo que prometía, y resultó ser, un provechoso desmembramiento de uno de los imperios más poderosos y extensos, que arrastraba una larga decadencia de la que el reinado de Carlos II fue el colofón. El resultado de tal guerra tendría una importancia crucial en el equilibrio de poder en los siglos XVIII y XIX, y muchas consecuencias del mismo perduran hasta nuestros días. Dos de las más evidentes son el reinado de la casa de los Borbones en España, y la soberanía británica sobre el Peñón de Gibraltar, siendo el único de los dominios del Imperio Británico subsistente en Europa y una herida abierta en las relaciones angloespañolas.

Dos fueron los candidatos al trono vacante. Por un lado Felipe de Anjou, de la casa de los Borbones, nieto de Luis XIV, el rey Sol, y que por tanto contaba con el respaldo de Francia, potencia dominante de aquel entonces, que veía la posibilidad incluso de unificar un inmenso imperio con los territorios ultramarinos de España bajo el dominio de los Borbones. Precisamente para evitar esta supremacía francesa, la otra candidatura, la del Archiduque Carlos de Austria, fue apoyada por Inglaterra, Holanda y el Sacro Imperio Romano Germánico, que formaron la  Gran Alianza de La Haya ante la aceptación del testamento de Carlos II por Luis XIV y la entrada en España de Felipe de Anjou como rey. Esto da lugar a que en 1702 la Gran Alianza declare la guerra a Francia y España.

Este panorama se complica por el carácter civil de la contienda, ya que diversas regiones y reinos de la Corona Española también toman partido por una causa o la otra, causas que por cierto llevan aparejadas su propia idiosincrasia y política, caracterizada la borbónica por un eminente centralismo, algo que a priori echó a las nacionalidades históricas en brazos de la causa austracista por la amenaza a sus fueros y privilegios. De esta forma la guerra de sucesión tuvo también un marcado carácter de lucha interna y de cambio de sistema de gobierno. Este ambiente, en el marco de un imperio decadente, en bancarrota y con escasas o nulas fuerzas en el campo militar, abonó el camino para que los beligerantes cercenasen intereses españoles aún cuando en teoría se encontraban respaldando a un pretendiente al trono.

Esto fue básicamente lo acontecido con Gibraltar. Inglaterra y las provincias unidas de los Países Bajos (Holanda) contaban con las mayores y mejores fuerzas navales de la época, junto con Francia y su ascendiente Marine Royale. De esta forma se aprovechó la superioridad naval para acosar al tráfico de caudales, con la captura de galeones de Indias y el ataque a la flota de la Plata en la ría de Vigo, en la llamada batalla de Rande, en 1702. La flota angloholandesa por tanto campaba a sus anchas en el litoral peninsular.

En marzo de 1704 el pretendiente Carlos de Austria desembarca en Lisboa, desde donde pretende avanzar hacia Extremadura por tierra. La flota angloholandesa se dirige al mismo tiempo a Barcelona, bajo el mando del almirante británico George Rooke y el designado como virrey austracista de Barcelona, el príncipe de Hesse-Darmstadt. Sin embargo fondeados frente a la ciudad, ésta se declara fiel a Felipe V y tras bombardear la plaza, la flota se retira. Es entonces cuando surje la idea de atacar la plaza de Gibraltar, de la que se tienen noticias de que se halla casi indefensa, y que puede permitir la ocupación de un bastión en todo un eje estratégico para la causa Austracista.

Efectivamente, cuando el 1 de agosto de 1704 la flota entra en la bahía de Algeciras, con 61 buques de guerra, 25.000 marineros y 9.000 infantes, y una dotación artillera de 4.000 cañones, las defensas de la plaza son exiguas. Gibraltar basa su defensa en unas fortificaciónes de un siglo de antiguedad, constridas bajo mandato de Carlos V, y obsoletas ante la incrementada potencia artillera. En esas fortificaciones se emplazan 100 cañones, la mayor parte inútiles y que sólo cuentan para su dotación con unos 100 soldados, a los que se unen milicias civiles hasta completar un desolador panorama de 470 defensores, al mando del sargento mayor Diego de Salinas.

La situación no puede ser peor para la defensa. Los medios con que cuenta imposibilitan una larga resistencia, tanto al asedio como al simple asalto masivo, y por otro lado tampoco es de esperar un socorro exterior en un plazo razonable que pudiese obligar a retirarse a la flota. De todos modos el cabildo junto con los mandos Gibraltareños rehusó reconocer al Archiduque Carlos y declaró su fidelidad a Felipe V. De este modo, se producen los primeros movimientos, con el desembarco de un contingente de cerca de 4.000 hombres en la actual Puente Mayorga. Tras diversos movimientos intimidatorios, finalmente el 2 de agosto 1.800 hombres bajo el mando del Príncipe de Hesse-Darmstadt forman ante los muros en el itsmo, y el almirante Rooke ordena a su flota atacar los muelles y la fortaleza. A las 5 de la mañana del 3 de agosto la flota abre fuego. El pánico cunde en la ciudad y parte de la población acude a refugiarse al santuario de la Ermita de Punta Europa. Simultáneamente un grupo de milicianos catalanes que servía a la causa austracista consigue desembarcar en lo que hoy se conoce como Catalan Bay. Pese a un pequeño revés cuando los defensores vuelan la torre del puerto nuevo cuando es asaltado por fuerzas navales, finalmente tropas bajo el mando del Almirante Byng toman como rehenes a una parte de los civiles y cercan la ciudad por el Sur.

Ante este panorama, y tras cinco horas de un nuevo bombardeo, en la Plaza se iza la bandera parlamentaria. Tras negociarse la vuelta de los rehenes y la salida de las tropas con armas y bagajes, así como la salida de la población gibraltareña, el 4 de agosto de 1704 se realiza la entrega formal a la plaza al Principe de Hesse-Darmstadt. De esta forma Gibraltar pasaba a control austracista.

Sería posteriormente cuando George Rooke, apercibido de la increíble posición estratégica del enclave, nombró el peñón bajo soberanía de la reina Ana de Inglaterra, en lugar de bajo la soberanía del archiduque Carlos de Austria que decía defender. Durante los 9 años siguientes tropas francesas y españolas intentarían sin éxito recuperar la plaza.

Las hostilidades terminan el año 1713 con el tratado de Utrecht. Inglaterra consigue su parte de los despojos: la cesión a perpetuidad de la isla de Menorca y del Peñón de Gibraltar, bajo úna única cláusula, que es que si el territorio dejaba de ser británico, España tendría el derecho a recuperarlo.

Gibraltar se convirtió en el eje de múltiples batallas y disputas, siendo intentada su recuperación por España en varias ocasiones. Asimismo fue escenario y base privilegiada de la Royal Navy que la ha llamado desde siempre "The Rock", aprovechando su excelente posición estratégica. Base de la Fuerza "H" en la segunda guerra mundial y perfil reconocido y amigo para seis generaciones de marinos británicos durante 300 años, Gibraltar es uno de las piedras angulares y lugares eminentes de las simbología del poder naval de Gran Bretaña. Nos encontraremos con este hito geográfico más de una vez en este periplo.


Pero eso, una vez más, será otra historia....

Fuentes: Wikipedia, todoababor, elaboración propia
Pinturas: "El último de Gibraltar" Augusto Ferrer-Dalmau
              "HMS Victory towed into Gibraltar" Clarkson Stanfield

miércoles, 23 de noviembre de 2011

1 de agosto de 1798: Batalla de Aboukir o del Nilo

En primer lugar es de justicia pedir disculpas por la demora en la aparición de este post. Problemas ajenos a la voluntad del que suscribe han hecho que sea imposible atender las obligaciones debidas al manejo de esta bitácora. 

Y ahora, metiéndonos ya de lleno en harina, nos topamos con que la efeméride de esta jornada nos retrotrae una vez más al contexto de las guerras napoleónicas, en concreto a la batalla que condicionaría la ascendencia británica sobre la flota francesa, por entonces todavía revolucionaria y no imperial, durante el largo periplo de los conflictos que asolarían europa hasta 1815. Asimismo, fue el combate que confirmo el ascenso, muy envidiado, de Horatio Nelson como comandante de Escuadra y como "hombre que ganaba batallas" en el seno de la Royal Navy. En definitiva, una de "las grandes" batallas de esta época. Hablamos de la Batalla de Aboukir o Batalla del Nilo. 

Este evocador nombre nos lleva de cabeza a la curiosa expedición realizada por Napoleón Bonaparte a Egipto. Esta extraña aventura francesa, los motivos por los que se adopta y sus consecuencias, como el ascenso a la cumbre de un napoleón cuya participación en tal aventura acarreó para Francia la pérdida de la práctica totalidad de un ejército abandonado a su suerte y una flota cercenada a cambio tan sólo de una guardia exótica de mamelucos y de una frase para la historia: "soldados, desde lo alto de esas pirámides 40 siglos os contemplan", no constituyen el objeto de este post, y por tanto nos centraremos en su faceta naval. 

No fue fácil, desde luego, para la marina francesa el organizar de la noche a la mañana el transporte y la protección de un enorme convoy cargado con tropas y pertrechos de un ejército entero. Sin embargo se aprestó una flota de 13 navíos de línea, uno de ellos de tres puentes, el insignia L'Orient, de 120 cañones, y 4 fragatas, al mando del almirante D'Aigalliers. Esta flota zarpó de Tolón el 19 de mayo de 1798. Los británicos, conscientes del elevado número de pertrechos que se amasaba en Tolón y con informaciones que indicaban una posible expedición francesa a Irlanda o incluso a Inglaterra, estaban vigilantes, habiendo recaído en Nelson al mando de una pequeña escuadra de 3 navíos de línea, 2 fragatas y una balandra la labor de descubrir la escuadra enemiga, para esperar refuerzos y entonces destruirla. Sin embargo el rumbo tomado por el francés y el mal tiempo se aliaron para que la flota gala llegase sin problemas a Alejandría, que tomó el 2 de julio, tras haber ocupado por el camino la isla de Malta. Un buen comienzo para los franceses y una decepción para Nelson que había perdido mucho tiempo entre la tormenta que desbarató su escuadra y que una vez reforzado y elevada su fuerza a 14 navíos de línea había tomado una derrota directa a Egipto que le había llevado a llegar a Alejandría unos días antes de la arribada francesa, y a partir un día antes de la misma. 

Sin embargo la entidad del movimiento francés no podía pasar desapercibida en tales latitudes, y finalmente los serviolas británicos descubrieron a la flota de guerra francesa fondeada en la rada de Aboukir, único fondeadero posible en aquella costa dada la saturación del puerto de Alejandría con los mercantes del convoy de transporte. 

Los franceses habían trabajado bastante en el fondeadero, y D'Aigalliers, consciente de las tácticas de Nelson, había formado una apretada línea con sus buques pegados a la costa y muy juntos entre sí de manera que la flota atacante sólo pudiese ofender por un costado y se viese sometida al fuego sucesivo de los buques anclados, que habían reforzado su banda de estribor con cañones adicionales, y el fuego cruzado de baterías instaladas en tierra. Lo fundamental que intentó evitar el almirante francés fue que los ingleses envolviesen por ambas bandas a sus buques. La táctica no era mala, como se encargaría de demostrar años mas tarde otra escuadra anclada en Algeciras, pero la ejecución fue deficiente y con la marea llena de la tarde del 1 de agosto de 1798, los navíos británicos, con el Culloden a la cabeza, se dirigieron al escaso paso que sepaba el primer navío francés anclado de tierra firme. Como era de esperar, el Culloden embarrancó en las cercanías de la isla de Aboukir, pero el siguiente navío en la línea, el Goliath, consiguió pasar a la banda de babor de la línea francesa. Lo más temido por D'Aigalliers estaba a punto de ocurrir. Varios buques británicos siguieron las aguas del Goliath, y conforme un plan preestablecido las dos líneas inglesas fueron acribillando y rindiendo sucesivamente a los primeros navíos de la línea francesa, que se defendieron bravamente batiéndose en desventaja por ambas bandas, en medio de una oscuridad creciente. 

Para cuando llegó el turno al insignia L'Orient, éste demostró ser un hueso duro de roer, dejando al Bellerophon inglés raso como una tabla y aguantando estoicamente las andanadas de varios buques a la vez. Sin embargo un incendio se declaró en la toldilla del coloso, que se avivó debido a que las sucesivas andanadas impidieron a la tripulación sofocarlo. A las 21:55 horas, el L'Orient estalló con una formidable explosión audible en Rosetta, a 40 km de distancia. A esa hora el almirante francés D'Aigalliers ya había muerto partido en dos por una bala de cañón. Otras fuentes afirman que se mantuvo herido en el buque abrazado a su hijo, guardiamarina, hasta que éste explotó.

La carnicería continuó durante un buen rato. En el caos de la batalla, y ya en la madrugada del 2 de agosto, los tres últimos buques franceses de la línea picaron sus cables de atraque y escaparon. Sólo dos de ellos, el Guillaume Tell y el Genereux, lo consiguieron, junto con dos de las fragatas. Al mando de lo que quedaba de la flota francesa y de lo único que se salvó, se encontraba el futuro comandante de la escuadra francoespañola en Trafalgar, Almirante Villeneuve. Como colofón, sus dos buques cazarían al día siguiente al navío de línea británico de 50 cañones Leander, que llevaba los despachos oficiales que daban parte de la gran victoria.

Los ingleses tuvieron 1.000 bajas, entre ellas 400 muertos. Sin embargo la escuadra francesa perdió1.500 muertos y 2.000 heridos, aparte de 3.000 prisioneros que fueron devueltos a Alejandría al no poder la escuadra británica hacerse cargo de ellos. 9 buques de línea fueron capturados y 2 quemados, como hundidas fueron 2 de las fragatas. La estrella de Nelson brillaba más que nunca, y el ejército expedicionario francés quedaba condenado al aislamiento y a no poder volver a su patria.

La necesidad de reemplazar pronto los navíos perdidos en Aboukir y las dificultades en la construcción de grantes navíos de tres puentes como el perdido L'Orient impulsaría a la construcción naval francesa a la botadura de navíos de 80 cañones y 2 puentes como buques más artillados de sus escuadras futuras, a los que encontramos en Finisterre, y encontraremos en Trafalgar. Pero eso, una vez más, es otra historia...

Fuentes: todoababor y wikipedia.

martes, 22 de marzo de 2011

27 de julio de 1778: Primera batalla de Ushant

Hay lugares que por su situación estratégica han sido testigos mudos de múltiples encuentros y batallas. Y entre éstos destaca la isla francesa de Ouessant, llamada Ushant por los ingleses, situada como una prolongación del extremo occidental de Francia marcado por Brest y que marca el límite Sur de la entrada al Canal de la Mancha. Dada la importancia que Brest ha tenido como base naval francesa en su vertiente atlántica a lo largo de la historia, esta isla, de sólo unos 15 km2 de extensión, unos 900 habitantes actualmente, ha presenciado a través de las brumas y de los climas borrascosos que la rodean las evoluciones de importantes escuadras, así como los fogonazos en el horizonte que marcan las batallas navales que han tenido lugar en sus proximidades.

En el contexto de casi continua situación de guerra más o menos declarada entre Francia e Inglaterra del siglo XVIII hasta principios del XIX, hasta tres batallas navales han portado en nombre de batalla de Ushant, todas ellas evidentemente entre fuerzas navales inglesas y francesas, debido principalmente a que uno de los pilares básicos de la estrategia naval inglesa consistió en el bloqueo naval del puerto de Brest. De ellas la más importante fue la llamada tercera batalla de Ushant o glorioso primero de junio, cuya efeméride ha sido ya recogida. Nos ocupamos hoy sin embargo de la primera de ellas, acaecida en el contexto de la guerra de independencia de los Estados Unidos, en 1778.

El equilibrio naval en dicha época era mucho más ajustado de lo que resultaría posteriormente entre Francia e Inglaterra. De hecho, la guerra de independencia estadounidense o revolución americana implicó a potencias navales como España y Francia contra Inglaterra, siendo una de las ocasiones en que con mayor pericia y denuedo fue la potente flota británica puesta en jaque en su propio terreno. Una generación de excelentes y decididos marinos franceses, junto con una política de construcciones navales muy bien orientada ya en tiempos de Luis XVI, con un buen conjunto de navíos de línea de tres puentes y 110 cañones plantearon todo un desafío a una Royal Navy que no atravesaba su mejor momento.
Esta situación de crisis en la Royal Navy había sido denunciada precisamente por el que sería el almirante al mando de la flota británica en esta batalla, que no fue otro que Augustus Keppel, 1st Viscount Keppel, notable marino y político británico de la época. Keppel se llevaba literalmente a matar con el entonces primer lord del almirantazgo, Lord Sandwich, a quien consideraba responsable de la situación junto con buena parte de la junta del almirantazgo. Precisamente un miembro de esta junta, el almirante Sir Hugh Palliser, mandaba una de las divisiones de Keppel, y sus divergencias tendrían su reflejo en el desempeño de ambos en la batalla.

Las órdenes que tenía Keppel para su escuadra del canal, compuesta nada menos que por una treintena de navíos de línea, eran bloquear Brest, y en concreto impedir que una escuadra de 29 navíos de línea bajo el mando del Almirante Louis Guillouet, compte d'Orvilliers, alcanzase el puerto, ni que decir tiene que preferiblemente destruyendo o capturando la misma. Con tal finalidad, la flota inglesa se hizo a la mar desde Spithead el 9 de julio de 1778. El 23 de julio, a unas 100 millas al oeste de Ushant, se avistó a la flota francesa, cuyo almirante tenía órdenes de evitar el combate, pero como conservaba el barlovento obligó a los ingleses a interponerse en su ruta a Brest, algo que pudieron hacer sólo parcialmente, ya que dos navíos franceses, los más barloventeados, pudieron cruzar y separándose del cuerpo principal escaparon hacia el puerto. Los 27 restantes conservaron el barlovento pero mantuvieron distancias con la flota británica a la espera de una oportunidad para sobrepasarla.

Así se llegó al 27 de julio de 1778, a través de vientos cambiantes y chubascos con constantes maniobras de ambas flotas, hasta que su cercanía hizo inevitable que se trabase combate. Los franceses, con cierto desorden y los ingleses en columna a sotavento. Pese a todo, la flota francesa consiguió deslizarse a través de la línea inglesa ganando barlovento y superando su línea. El Victory inglés fue el primero en romper el fuego, al que fue contestado por el navío de 110 cañones Bretagne, seguido por el de 90 cañones Ville de Paris. El intercambio de fuego fue bastante violento, haciendo retroceder a la línea inglesa, resultando su división de retaguardia, precisamente la mandada por Palliser, muy castigada.

La flota francesa aprovechó su situación para poner proa a Brest en estricto cumplimiento de sus órdenes. En ese momento Keppel ordenó orzar en persecución, pero Palliser rehusó obedecer. En aquel momento ya sería imposible impedir a toda la flota francesa alcanzar su destino, pero al menos la persecución podría haber aislado elementos de la retaguardia francesa, que no guardaban orden de línea, y provocado la captura de uno o varios navíos. Nada de esto pasó, para desesperación de Keppel, cuya flota había tenido más de 400 muertos y 800 heridos en el combate por poco más de 100 muertos y 400 heridos franceses.

La batalla provocó un terrible conflicto político. Keppel y Palliser fueron objeto de sendos consejos de guerra, siendo exculpado el primero, pese a lo cual renunciaría a su mando, y Palliser simplemente objeto de una amonestación, provocando todo ello un grave quebranto para la disciplina de la armada.


Fuentes: Wikipedia, myrevolutionarywar.com

miércoles, 29 de diciembre de 2010

24 de julio de 1797: Derrota británica ante Santa Cruz de Tenerife

Mediado el año 1797, la estrella de Horatio Nelson estaba en ascenso. Tras su participación destacada en la batalla del Cabo San Vicente, parecía que si querías un éxito garantizado, debías recurrir a Nelson. Este concepto, que se ha impuesto en ciertas corrientes historiográficas, hace un flaco favor a la Royal Navy en general. Ya que la preeminencia naval inglesa de la época no se justifica en exclusiva por la aparición de un genio de la estrategia naval, sino que hunde sus raíces en un sistema bien engrasado de entrenamiento constante y brutal, con oficiales curtidos desde los 12 años mandando hombres en la mar, y un sistema de recompensas que promocionaba una actitud intrépida y la iniciativa. Nelson no hubiera existido sin la Royal Navy, y sin embargo la Royal Navy sin él sí.

Prueba de ello es que Nelson no resultaba imbatible ni mucho menos. Entre sus carencias más destacadas se contaba un pobre desempeño en las operaciones anfibias. Y el año 1797 sería fecundo en ellas. Tras la derrota de San Vicente la armada española se refugió en sus puertos, y el almirante Jervis decidió en primera instancia atacar Cádiz para forzar la rendición de las unidades allí surtas y de paso, pues llevar a cabo un buen saqueo en una plaza fuerte codiciada. Sin embargo esta operación se encontró con unas fuerzas defensoras bien establecidas y admirablemente mandadas por oficiales como Churruca, Gravina, Mazarredo o Escaño, que rechazaron el asedio con duras pérdidas, llegando a meter el susto en el cuerpo a Nelson, al mando de las tropas de desembarco.

Fracasados ante Cádiz, Jervis buscó el premio de consolación, y lo halló en unas aparentemente indefensas islas Canarias. La noticia de la arribada de un mercante con caudales al puerto de Santa Cruz de Tenerife añadía interés al ya de por sí ambicioso objetivo de arrebatar el archipiélago a la corona hispana. Así que otorgó a Nelson el mando de una escuadra y un cuerpo de desembarco de 1.200 infantes, que sumados a los trozos de desembarco de los buques daba una fuerza ofensiva de más de 2.000 hombres entrenados para un objetivo a priori fácil. Los buques de la escuadra eran los navíos de 74 cañones Culloden, Theseus y Zealous, el de 50 cañones Leander, las fragatas Seahorse (38) , Emerald (36) y Terpsichore (32), el cúter de 14 cañones Fox y la bombarda capturada Rayo.

Las fuerzas defensoras, mandadas por el General Antonio Gutiérrez de Otero y Santayana consistían en una heterogénea fuerza de milicias locales, no profesionales, y las únicas tropas regulares eran pequeños destacamentos de artillería que guarecían los fuertes y baterías junto con el batallón de infantería de Canarias, que reclutado entre la milicia había participado en la campaña del Rosellón y había vuelto en 1796, y que con mucho era la mejor fuerza disponible. En total unos 1.700 hombres, de los cuales menos de setecientos eran militares profesionales. Las fortificaciones del puerto estaban sin embargo en buen estado y las fuerzas en alerta por la presencia previa de varias fragatas inglesas en misión de descubierta.

La flota británica apareció ante Santa Cruz en la noche entre el 21 y 22 de julio. El primer plan era desembarcar las tropas en una posición algo alejada para internarse en las islas y tomar las fortificaciones, orientadas hacia el mar, desde tierra. Sin embargo un primer desembarco a las 4:30 de la mañana del 22 fue descubierto y abortado, y perdido el factor sorpresa, los ingleses desembarcaron en la playa del bufadero a media mañana. Sin embargo fuerzas de milicias con algún apoyo de tropas profesionales atrincheradas aprovechando el abrupto relieve consiguieron matener copadas a las fuerzas desembarcadas en una guerra de posiciones sin avance alguno, y con pérdidas elevadas. Ante este contratiempo, las fuerzas reembarcaron bajo el fuego enemigo y la flota se retiró. Sin embargo ambos mandos, Nelson y Gutiérrez, llegaron a la misma conclusión. Los británicos volverían a la carga, y viendo guarnecida la periferia, lo harían directamente al puerto y a la plaza fortificada. De esta manera Gutiérrez concentró sus mejores fuerzas en Santa Cruz, a la espera de acontecimientos.

Éstos se produjeron el día 24 de julio de 1797, cuando la flota de Nelson apareció de nuevo en la bahía. Tras un duelo artillero de los buques de línea y la bombardera con las defensas, que no fue definitorio, y duró todo el día, Los ingleses se concentraron sobre las 23:00 en los botes y en el cúter Fox para desembarcar en el puerto y en las playas situadas a ambos lados del mismo, la caleta de la aduana y la playa de la Alameda, para a continuación asaltar el castillo de San Cristóbal. 700 hombres se apelotonaban en las lanchas, unos 180 en el cúter y 40 o 50 en una lancha española capturada. Se formaron seis divisiones. El propio Nelson participaría en el ataque.

Nada salió como se esperaba. La oleada de asalto fue descubierta pese a la oscura noche sin luna, y todo el perímetro fortificado se iluminó con un cañoneo brutal sobre las lanchas. Este fuego graneado junto con las corrientes y la oscuridad dispersó la flotilla, que desembarcó en diferentes puntos con diversa fortuna.

Un bote con 40 infantes desembarcó en la batería del puerto, que desalojada por los artilleros fue tomada. Sin embargo una descarga cerrada de fuerzas contraatacantes mandadas por el propio Gutiérrez acabó con los asaltantes. En la caleta de la aduana desembarcaron varios botes cuyos ocupantes internaron en las calles de la villa, pero fueron hábilmente emboscados y canalizados por fuerzas de milicias hacia la plaza de Santo Domingo, muy lejana al castillo, y por tanto aislados de la fuerza principal.

En la playa de la Alameda se desató un infierno. Cuatro lanchas tocaron allí tierra, entre ellas la ocupada por Nelson, respaldadas por el fox. Los defensores salieron en desbandada, pero dos oficiales, seis soldados y siete milicianos permanecieron en sus puestos y fijaron con su fuego a la fuerza británica, mientras un cañón emplazado en el castillo de san cristóbal dos días antes abriendo un hueco en un muro para cubrir un espacio ciego, cañón apodado el tigre, barría con fuego de metralla los botes. El oficial inglés al mando de la división y su segundo murieron, y el propio Nelson fue alcanzado en su brazo derecho. Un rápido torniquete le salvó la vida mientras las tropas desembarcadas se retiraban en desbandada abandonando muertos y heridos, a nado o en lanchas de pescadores varadas en la playa. El almirante británico fue llevado al navío Theseus, mientras el cúter Fox era acribillado a corta distancia por la artillería española, y se iba a pique con 101 hombres a bordo.

El grueso de las lanchas, en número de 24, con 700 hombres a bordo, tocaron tierra en el llamado barranquillo del aceite, donde medio centenar de milicianos mantuvieron la posición hasta que la desproporción de fuerzas les hizo ceder terreno hacia la propia villa. Sin embargo, las tropas británicas en su internada en las calles fueron emboscadas desde todas las esquinas, y en medio del combate se desorientaron, combatiendo casa por casa en las cercanías de la plaza de la Pila, bajo el fuego artillero y de fusilería de los fuertes y del batallón de infantería de Canarias, que se desplegó en varias secciones para emboscar y combatir con los ingleses casa por casa. De esta forma conforme llegaba el día 25 las tropas inglesas se vieron obligadas a recluirse en el convento de Santo Domingo ante el acoso de numerosas fuerzas regulares y de milicias.

Al mismo tiempo, Nelson, tras habérsele amputado el brazo derecho, y sin noticias de las tropas desembarcadas, ordenó una segunda oleada de refuerzo de 15 lanchas con 400 hombres. Sin embargo, ya a la luz del día, las lanchas fueron recibidas por el fuego cruzado de las baterías que las arrasaron con metralla y hundieron a tres de ellas, retirándose el resto con graves pérdidas. En la ciudad, el oficial al mando, el capitán Troubridge, aislado y acosado con sus hombres en el convento envió tres emisarios a Gutiérrez solicitando la rendición de la plaza, lo que sin duda acredita que era un hombre de gran valor y arrojo, así como que seguramente se encontraba intoxicado por la pólvora, ya que su situación era claramente desesperada. De hecho las negociaciones de su propuesta efectivamente dieron como resultado una capitulación, pero fue precisamente la suya. El General Gutiérrez accedió a dejar reembarcar a los ingleses con sus banderas y armas, escoltados por las milicias y tropas canarias. Un día más tarde, la flota inglesa envió a buscar a sus heridos, atendidos en hospitales y casas particulares de Santa Cruz.

De esta forma, doscientos veinte muertos y ahogados, ciento noventa y tres heridos, un buque hundido, y el brazo derecho de Nelson, seguramente fondeado en las proximidades, dan fé del valor de los defensores, y de la falsedad del mito de la invencibilidad de Nelson, quien afirmó haberse enfrentado a unas fuerzas de unos 8.000 hombres.

Igualmente despiadado en la lucha que magnánimo en la victoria y en la derrota, Nelson agradeció la caballerosidad y humanidad de trato de las tropas españolas y sus mandos hacia sus hombres. Muestra de ello son las cartas cruzadas entre él y Gutiérrez, curiosa mezcla de cumplidos y agradecimientos junto con intercambio de productos de la tierra:

Theseus, en las afueras de Tenerife, 26 de Julio de 1796 (sic) (es un error; el año debe ser 1797; fue escrita el 25 por la tarde, pero la Royal Navy contaba los dias de mediodía a mediodía)

No puedo separarme de esta isla sin dar a V.E. las más sinceras gracias por su fina atención para conmigo, y por la humanidad que ha manifestado con los heridos nuestros que estuvieron en su poder, o bajo su cuidado, y por la generosidad que tuvo con todos los que desembarcaron, lo que no dejaré de hacer presente a mi Soberano, y espero con el tiempo poder asegurar a V.E. personalmente cuánto soy de V.E. obediente y humilde servidor.

Horacio Nelson.

Sr. D. Antonio Gutierrez, Comandante General de las Yslas de Canarias.

Suplico a V.E. me tenga el honor de aceptar un barril de cerveza inglesa y un queso.


Muy señor mío, de mi mayor atención:

Con mucho gusto he recibido la muy apreciable de V.S. efecto de su generosidad y buen modo de pensar, pues de mi parte considero que ningún lauro merece el hombre que sólo cumple con lo que la humanidad le dicta, y a eso se reduce lo que yo he hecho para con los heridos y para los que desembarcaron, a quienes devo considerar como hermanos desde que concluyó el combate.

Si en el estado a que ha conducido V.S. la siempre incierta suerte de la guerra pudiese yo, o cualquiera de los efectos que esta Ysla produce, serle de alguna utilidad o alivio, ésta sería para mí una verdadera complacencia, y espero admitirá V.S. un par de limetones de vino, que creo no sea de lo peor que produce.

Seráme de mucha satisfacción tratar personalmente quando las circunstancias lo permitan, a un sugeto de tan dignas y recomendables prendas como V.S. manifiesta; y entretanto ruego a Dios guarde su vida por largos y felices años.

Santa Cruz de Tenerife, 25 de julio de 1797

B.L.M. de V.S. su más seguro servidor,


Dn Antonio Gutiérrez.

Fuentes: wikipedia, ingenierosdelrey.com


imágenes: Óleos de Esteban Arrinaga y Richard Westall


viernes, 23 de julio de 2010

13 de julio de 1795: Batalla de las islas Hyères

En el largo período de guerra casi continua entre Gran Bretaña y Francia que sucedió a la Revolución Francesa y duró hasta 1815, hay ejemplos sobrados de combates navales de cierta intensidad. La armada francesa, heredera de la armada real borbónica, disponía de buenos comandantes y buques excelentes, pese a que las oscilaciones políticas y la defenestración de mandos de origen nobiliario dejaron a marine revolutionaire con un acusado déficit de altos mandos, si bien gracias al instaurado método del ascenso de los más dotados, marinos de mucho renombre pero sin apellido compuesto pudieron alcanzar mandos que en el nepotismo impuesto anteriormente ni podrían soñar.

Ejemplo de este largo periodo de acoso en todos los mares es el episodio que nos ocupa hoy. La flota francesa del mediterráneo, basada en el puerto de Tolón, ya había sufrido un varapalo de cierta intensidad en la batalla de Génova, librada en el mes de marzo. El contralmirante francés Pierre Martin había perdido en aquella ocasión dos navíos de línea frente a la flota anglo-napolitana, y se había retirado al fondeadero de las islas Hyéres, mandando a Tolón otros buques que habían resultado dañados con lo que sus fuerzas se reducían a 11 navíos de línea frente a la veintena larga de la flota que le acosaba. Sin embargo pronto recibiría refuerzos al arribar seis navíos de 74 cañones desde Brest. Sin embargo, en Abril parte de la flota francesa vivió un motín, y tras ser sofocado, se instó a la flota a "salir a lavar su verguenza con la sangre de los enemigos de la República". No es que fuese un condicionante estratégico brillante, pero lo cierto es que a principios de julio la flota se hizo a la mar.

Los 17 navíos de línea no tardaron en topar con el Agamemnon, de 64 cañones, mandado por el entonces comodoro Horatio Nelson, que se dió a la vela mientras se retiraba hacia su propia escuadra con los franceses en persecución. Fue entonces cuando los franceses encontraron a la flota británica en pleno anclada en la bahía de Fiorenzo, con 22 navíos de línea, entre ellos seis de tres puentes. Un bocado demasiado gordo para la escuadra de Pierre Martin, a la que ahora le tocó el papel de perseguida.

En un principio se consiguió despistar a los ingleses, pero el día 12 de julio dos corbetas inglesas localizaron a la escuadra y comunicaron su posición a su flota, que hizo contacto a la mañana siguiente. La escuadra francesa se vió entonces afectada por una calma chicha, y su retaguardia fue pronto alcanzada por los primeros navíos ingleses. El navío de línea Alcide, último de la escuadra, se vió pronto acosado por el Victory, el Culloden y el Cumberland. Pese a los esfuerzos de sus compañeros por rescatarlo, el buque francés arrió sus colores y poco después explotó, causando la muerte de unos 300 de sus tripulantes.

La batalla se fue apagando con los franceses retirándose hacia la seguridad de Tolón. eran las últimas horas del 13 de julio de 1795. En este combate nos encontramos con muchos de los protagonistas en mayúsculas de la guerra naval napoleónica, como Nelson, el que sería su tumba en trafalgar, el Victory, el que sería su enemigo en tal batalla, Pierre Charles de Villeneuve, que mandaba la fragata Friponne, o dos de sus entonces comandantes de división, Pierre Dumanoir, al mando del navío Berwick, y el entonces capitán de navío Julien Cosmao-Kerjulien, que mandaba el Tonnant. Todos ellos se verían las caras con cierta frecuencia en los siguientes años.

Fuente: Wikipedia